
En tus hilos descansa la memoria, esa que sabe a infusión compartida al atardecer, la que germina en las grietas de las manos de los campesinos, la que silenciosamente se guarda en los peinados marcando el camino a casa. A ella se le apaga la luz, se la prefiere quieta y hablando bajito.
Hoy despierta trayendo agua, lavando heridas, regando la tierra, borrando fronteras. Y nosotres humanidad hecha de barro nos vamos desintegrando para volver a la tierra y renacer.
Aferrarse a que nada cambie es renunciar a estar viva, es pedirle a la llama que no consuma, al capullo que no se abra, al tiempo que se detenga, al río que deje de fluir.
Pero soltar no es perder: es dejar que lo amado encuentre su próxima forma.
Ella lo aprendió con las manos mojadas: que su amigo no desaparecía, se volvía otra cosa — se volvía río, se volvía lluvia, se volvía el mar que aún no conocía.
Nada muere. Todo se transforma. Y en esa ley antigua e inevitable está, también, toda la belleza de haber estado, por un instante, vivos.

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